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Perdidos En La Nieve Critical Thinking

“No hay en Alemania una moral individual.

Sólo una moral colectiva. Se empieza quemando

libros y se termina quemando personas…”La caída de los dioses (La caduta degli dei, Luchino Visconti, 1969)

He aquí una de esas películas a las que la acotación “basada en hechos reales” no les hace favor alguno. Tampoco la beneficia demasiado que en el encabezado del cartel de Perdidos en la nieve (¿no se podía traducir Into the White de otra manera más acorde al sentido alegórico del título original?) leamos “una historia de amistad y supervivencia”. Y sin embargo, todo en este largometraje es rematadamente correcto. Las interpretaciones son más que solventes (en algunos casos y escenas concretas, incluso excelentes), la fotografía destacable; la elección de las localizaciones y su integración, tanto en el lenguaje cinematográfico como en la trama de la historia, coherente, sutil y elegante; el ritmo, que evita que las secuencias en el interior de la casa (la mayoría) huyan del acartonamiento y estaticismo para conseguir los momentos más interesantes y dinámicos de toda la película… ¿Qué falla, pues, en Perdidos en la nieve? La confusión (o quizá equiparación, aunque voluntaria, fallida) del lugar común con el hecho real. No basta, para conseguir verosimilitud, fechar acontecimientos pasados, por mucho que la cronología refleje la realidad. Más todavía cuando se trata de sucesos concretos y muy particulares que, a pesar de estar contextualizados en un período amplia y cinematográficamente conocido y estudiado como la Segunda Guerra Mundial, sólo conocen sus protagonistas.

Grotli, 27 de abril de 1940. Un caza de la RAF (Royal Air Force) derriba a un bombardero de la Luftwaffe, cayendo ambos (británicos y alemanes) en medio de lo más inhóspito y nevado de la geografía noruega. El capitán Charles P. Davenport (Lachlan Nieboer) y el artillero Robert Smith (Rupert Grint) encontrarán refugio en una cabaña abandonada en mitad de la nada, la misma a la que acudirán el teniente Horst Schopis (Florian Lukas), el sargento Wolfgang Strunk (Stig Henrik Hoff) y el suboficial Josef Schwartz (David Kross). ¿Nos  dicen algo estos nombres? Lo más probable es que no. Y más allá de la deferencia hacia su acto (histórico) heroico e indudablemente ejemplar y su persona, a partir la reconstrucción cinematográfica de sus acciones y de su carácter como individuos, no nos parecen personajes (ficticios) tan icónicos como para representar a una nación o corriente de pensamiento y, con todos mis respetos (una vez más) hacia su persona, demasiado planos o transitados en el celuloide como para aportar algo novedoso o sumamente interesante.

Intuimos una voluntad por parte del realizador Peter Næss de hermanar lo que vemos en pantalla con la situación geográfica plagada de conflictos del mundo actual pero, de nuevo, chocamos con la misma carencia: el impacto que el arte cinematográfico (como gran medio de comunicación de masas) podría propiciar se desperdicia y pierde fuelle a causa de lo manido del discurso, sobretodo argumental. No es de recibo (ojo, que viene un pequeño spoiler) que la superación de barreras ideológicas se salde con cuatro frases de manual y los típicos carteles finales que nos explican el devenir de los personajes reales, desintegrado precisamente lo más interesante de la acción cinematográfica y presentándolo a través de documentos acreditadores de que lo que se ha mostrado es real. No es de recibo, decía, y mucho menos en el caso de Perdidos en la nieve, porque desvirtúa tanto el material precedente, como algunos planteamientos e ideas (poco perfilada y tímidamente apuntadas) que merecían desarrollarse y que, de haberlo hecho, habrían conseguido dignificar (como se pretende) a los protagonistas e impactar (y conmover) a los espectadores. Lo de remover consciencias ya es otra cosa… En numerosas ocasiones he expresado mi opinión al respecto sobre nosotros, esos espectadores que creemos que por sufrir durante lo que dura una película y olvidar esas tribulaciones a los cinco minutos, en lugar de razonarlas, asimilarlas y utilizarlas (es decir, transformarlas en algo útil), el largometraje ya ha cumplido su función. No volveré a este tema, aunque sí que etiqueto la ideología de esta cinta (o, mejor dicho, la del público al que va dirigida) dentro de ese grupo.

Llegado a este punto, prefiero optar por enterrar el hacha de guerra (como los protagonistas de la película) y valorar los aspectos positivos de Perdidos en la nieve, que también los hay.

En primer lugar, conmueve el efecto dramático de convertir e integrar el paisaje noruego como un personaje más de la historia que se está contando. A través del montaje y, sobretodo, de la precisa fotografía de Daniel Voldheim, veremos el triple impacto (ecológico, físico y moral) de la premisa inicial: los dos bandos enemigos entre sí, que lo serán a la vez del territorio que intentan conquistar, se verán atacados por lo agreste de la climatología, que no será más que una defensa del medio contra sus atacantes humanos, que no lucharán por salvar al país, sino por conquistar el hierro, su principal recurso natural. Lástima que Næss no siga por este camino. Habilidoso también la capacidad del realizador para convertir objetos en alegorías o metáforas de la situación beligerante (tanto entre países como entre individuos). Así, un mechero, el Mein Kampf (que pasará de ser el libro de estilo de todo nazi que se precie a combustible o, incluso, objeto de higiene personal), una pistola, una cuchilla de afeitar… asumirán mayor peso en el desarrollo de la acción que los propios personajes. Comentaba ante el desaprovechado uso del cine como canal y medio de comunicación de masas, en contraposición al emocionante y hermosísimo reflejo de las artes pictóricas como material gráfico no permutable, testigo y a la vez transmisor de la Historia, en este caso los dibujos del sargento Strunk.

Finalmente, me parece muy destacable la voluntad y consecución por parte de Peter Næss de huir de cualquier tipo de edulcorante artificioso. Si bien el desarrollo de los personajes resulta incompleto y su dibujo convencional, es por superficial, no por acaramelado. Para terminar, lo mejor de la película es la incorporación del cuarto elemento protagonista: la casa. Ése lugar donde al principio se trazarán franjas fronterizas que se irán modificando a medida que las dificultades avancen, así como la situación anímica de los protagonistas, donde capitán (británico) y teniente (alemán) deberán unir sus fuerzas y convertirse en la viga central (los que hayan visto la película recordarán esta escena) si no quieren que todo se derrumbe. Y como último apunte, es muy probable que Perdidos en la nieve no pase a la posteridad, pero lo que sí que recordaremos durante mucho tiempo es la mirada del actor Florian Lukas en la secuencia final, capaz sólo él de reflejar con su semblante la convulsa mezcla de sentimientos vivida por los cinco protagonistas durante su periplo noruego. Por unos instantes, la magia del cine surte su efecto.

TRAILER:

LA CABAÑA DE LA PAZ

crítica de Perdidos en la nieve | Into the White, Petter Næss, 2012

27 de abril de 1940. Durante la invasión alemana de Noruega en plena II Guerra Mundial, tres pilotos alemanes y dos británicos, cuyos respectivos aviones fueron derribados en combate aéreo, tuvieron que unir fuerzas para sobrevivir en las nevadas montañas escandinavas. El azar hizo que encontraran refugio en una cabaña perdida y, pese a la antipatía y desconfianza iniciales, supieron aparcar a un lado sus diferencias ideológicas para salir adelante, superando dificultades tales como la falta de comida, las bajísimas temperaturas y la propia convivencia. Durante aquella odisea, el educado capitán Charles Davenport y el ingobernable artillero Robert Smith descubrieron junto a sus improvisados compañeros de aventuras –el civilizado teniente Horst Schopis, el callado y corpulento Wolfgang Strunk y el joven y rebelde Josef Schawartz, gravemente herido en un brazo– la sinrazón de la guerra y que los “enemigos” eras más parecidos a ellos mismos de lo que se les había inculcado. Despojados de sus armas, al final quedaban cinco hombres a los que sus respectivas esposas y familias esperaban en sus casas y que, en la mayoría de los casos, habían encontrado en el frente una alternativa para no trabajar en algo que odiaran. Ante este panorama, inevitablemente, las tiranteces iniciales dieron lugar a conversaciones más distendidas sobre temas tan universales como el deporte o las chicas. De ahí nació un respeto entre soldados británicos y alemanes que desembocó en una amistad que raramente podría ser entendida y aceptada por sus superiores. Esta es la historia real que el noruego Petter Næss –director de la aclamada Elling (2001), candidata al Oscar a la mejor película de habla no inglesa– nos presenta en su última e interesante obra, Into The White, cuya traducción española de Perdidos en la nieve no invita precisamente a esperar algo tan bueno.

Pese a lo que el título (y el cartel publicitario) pueda hacer creer al espectador que nos encontremos ante la enésima producción de aventuras, con el machacado tema de la supervivencia en condiciones hostiles como telón de fondo, lo cierto es que nos encontramos con una sorpresa bien distinta. No estamos ante El vuelo del Fénix (1965) o Infierno blanco (2011), pese a que posea algunos de los tópicos de la primera y unos escenarios nevados muy parecidos a los de la segunda. Petter Næss ha optado por dejar la acción fuera de plano –ni siquiera vemos la batalla aérea que provocó los accidentes–, para centrarse más en el aspecto humano de la narración. Por renunciar a efectismos que distraigan, ni siquiera los espectaculares paisajes naturales noruegos están explotados con fines estéticos, ya que la mayor parte del metraje transcurre entre las cuatro paredes de la cabaña. Las escasas salidas al exterior sirven únicamente para darle un poco de oxígeno a una propuesta de lo más teatral, centrada en el trabajo interpretativo de sus cinco actores y en la eficacia de sus diálogos y situaciones. En este sentido, todos los intérpretes están impecables –incluido Rupert Grint, la cara más popular del reparto gracias a su papel de Ron Weasley en la saga de Harry Potter– y el guión sabe compaginar los pasajes más angustiosos de la historia con unos agradecidos golpes de humor que en ningún momento parecen fuera de lugar o forzados. Resulta muy divertido en este sentido, la escena en que Robert y Strunk compiten por ver quién tarda más tiempo orinando. Una manera mucho más sana de decidir la superioridad de una nación que matándose los unos a los otros, sin duda, y un momento aparentemente trivial que define a la perfección el marcado mensaje antibelicista de la cinta. También hay espacio para la belleza en medio del horror. La estampa de estos hombres presenciando extasiados los bellos efectos de la aurora boreal, mientras Rupert Grint entona el Over The Rainbow de El Mago de Oz –todo un canto a la esperanza de un mundo mejor–, merece ser recordada como una de las más hermosas del cine de 2012. Un breve espacio de tiempo en el que la guerra parece hacerse detenido.



Pese a que la acción brilla por su ausencia en Perdidos en la nieve y el heroísmo se demuestra de maneras mucho más sutiles de lo acostumbrado en el cine bélico, hay que resaltar que el director hace un magnífico trabajo para que el aburrimiento no haga acto de presencia en ningún momento. La empatía del espectador con estos supervivientes es total desde los primeros minutos, haciéndonos olvidar el terrible conflicto en el que estuvieron envueltos y los posibles prejuicios políticos o ideológicos, al igual que hacen los propios personajes. Gracias a ello, la relación de amistad que se establece entre los cinco personajes logra un gran calado emotivo en el público. Si se tiene un poco de sensibilidad, el demoledor tramo final es capaz de arrancar más de una lágrima e indignación. El mensaje pacifista que nos deja, tiene muchos paralelismos con aquella magnífica Infierno en el Pacífico (1968) en la que John Boorman nos mostró la relación de amistad que se establece entre un soldado norteamericano y otro japonés, obligados a convivir en una isla desierta del Océano Pacífico. También con la oscarizada En tierra de nadie (2001), con un soldado bosnio y otro serbio atrapados entre las líneas enemigas y condenados a entenderse.

Perdidos en la nieve supone un soplo de aire fresco en el cine europeo. Pese a su buen empaque visual y técnico, propio de cualquier producción histórica de primer orden, la película da una auténtica lección de minimalismo, alejándose de los fuegos de artificio de cualquier superproducción bélica hollywoodiense. Se le pueden achacar algunos momentos de excesivo buen rollo, algún tópico imposible de esquivar –la lucha constante por salvar la vida del soldado herido, con un brazo al borde de la gangrena– y la decisión de su autor por no mostrar en toda su crudeza los estragos de la guerra, que dejan un poco la sensación de estar ante un producto tan bienintencionado como descafeinado. Aun así, se trata de una obra rodada con exquisito buen gusto y con un envidiable pulso narrativo, muy valiosa al realzar temas como la camaradería y la paz en unos tiempos donde el cine parece apostar por la sordidez y la ambigüedad moral. Hacen falta más historias como ésta para volver a confiar en la bondad del ser humano. ★★★★★


José Antonio Martín.
crítico de cine.

Noruega. 2012. Título original: Into the White (Cross Of Honour). Director: Petter Næss. Guión: Ole Meldgaard, Dave Mango. Productora: Coproducción Noruega-Suecia; Zentropa International Norway/ Film i Väst/ Trollhättan Film AB. Fotografía: Daniel Voldheim. Música: Nils Petter Molvaerr. Montaje: Frida Eggum Michaelsen. Intérpretes: Florian Lukas, Rupert Grint, David Kross, Stig Henrik Hoff, Lachlan Nieboer. Presentación oficial: Filmfest de Oslo 2012.


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